Archdiocese of Los Angeles
Cartas pastorales y declaraciones de Cardenal Mahony

Fielmente en asamblea

Una guía para la Misa Dominical
Cardenal Rogelio Mahony, Arzobispo de los Ángeles
Fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles, 4 de septiembre de 1997

Introducción

¡Que la paz esté con ustedes!

En los primeros años de la Iglesia, un obispo de Siria escribió un pequeño instructivo para sí mismo y para otros obispos. Ahí encontramos una tarea fundamental establecida por él para los obispos:

Exhorten al pueblo a que sea fiel a la asamblea de la Iglesia. No permitan que nadie deje de asistir. Que ninguno prive a la Iglesia de su presencia, absteniéndose de asistir; si lo hacen, ¡privan al Cuerpo de Cristo de uno de sus miembros! (Didascalia, capítulo 13).

Ahora estamos a muchos siglos de ese documento y a muchos kilómetros de distancia. Estamos separados de esa Iglesia cristiana de Siria del siglo tercero por teologías y tecnologías. Pero tenemos en común algo que está por encima de todo eso: nosotros, la Iglesia, nos reunimos en el Día del Señor, y esta asamblea, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, habla la Palabra de Dios y la escucha, hace su Oración Eucarística y es santificada y es conformada por ella y por el sagrado banquete de la Santa Comunión.

Yo espero cumplir lo que este obispo vio como responsabilidad de todo obispo. Como obispo de esta Iglesia de Los Ángeles los exhorto a reflexionar conmigo acerca de la Eucaristía que celebramos cada domingo en nuestras parroquias (1).

El Año Jubilar

Por medio de esta Carta quiero trazar el camino que nosotros, los católicos de Los Ángeles, emprenderemos hacia el Año Jubilar del 2000. Nuestra tarea central será promover la renovación de la Liturgia dominical con vigor y alegría (cf Jn 16, 22-24, 17, 13).

Desde el inicio debe quedar claro que esta tarea no será una más entre otras muchas. Deberá ser la tarea de los próximos tres años. Más aún, no veo esta tarea como responsabilidad únicamente de la Comisión para el Culto o de los encargados de la liturgia y la música en cada parroquia. Las tareas que presento aquí tienen como fin unir a las personas arriba mencionadas con tantas otras que trabajan en la educación religiosa, la iniciación, el ministerio juvenil, el de justicia y el de la atención a los alejados (outreach) y, especialmente, a la gran asamblea que es esta Arquidiócesis y que se encarna en las asambleas parroquiales domingo a domingo.

Hemos sido llamados por nuestro Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, a hacer del año 2000 un año de Jubileo. Un jubileo es un tiempo para darnos cuenta y celebrar que las cosas no necesariamente tienen que ser lo que han sido, que el futuro no necesita ser una repetición del pasado. Un jubileo consiste en separar lo que del pasado debe ser perdonado u olvidado de lo que vale la pena rescatar, transmitir, lo que puede servir de base para construir sobre ella, lo que puede llegar a formar parte de nosotros mismos y ser heredado a nuestros hijos. Es un tiempo durante el cual la generación que lo vive hace una pausa, se arrepiente, da gracias, avanza.

La Visión del Concilio Vaticano Segundo

Entre las gracias más excelentes de este siglo que está por terminar yo pondría al Concilio Vaticano II. A más de 30 años del Concilio, ¿hemos siquiera empezado a asimilar lo que el Espíritu Santo hizo ahí? ¿Hemos entendido la manera en que esa sorprendente reunión luchó por buscar cómo podía ser vivido y proclamado el Evangelio por las generaciones futuras? Aquéllos de entre nosotros que tuvimos la experiencia de vivir el Concilio y que creemos que ha sido una gracia tan grande para nuestros tiempos, debemos ponderar cuán amplio y sabio fue su trabajo, y enorgullecernos de realizar nuestras tareas con su visión.

Sí, fue una gracia revolucionaria, un momento único, un Pentecostés para nuestro tiempo. Sí, es verdad, tales momentos son traumáticos. ¿Se dieron cuenta los obispos del Concilio de qué tan difícil iba a ser la renovación? Tal vez si se hubieran dado cuenta no habrían tenido el valor de empezar ¡ni de pensar y actuar de forma tan audaz! Pero tuvieron el valor y la visión de hacerlo. Los profetas de este siglo nos preparan a vivir en el próximo.

Yo, junto con la mayor parte del Pueblo de Dios, me quedé maravillado ante la obra del Concilio. Le agradezco a los obispos de todo el mundo el haberse reunido en torno a aquellos dos grandes Papas, Juan XXIII y Pablo VI, y el haber proclamado que la alegría del Evangelio y la promesa de Jesús son nuestras; y que es mejor evangelizar y amar este mundo que esconderse de él, ignorarlo o condenarlo.

El Papa Juan Pablo II, al invitarnos al Año Jubilar, alaba el Concilio Vaticano II y dice:

La mejor preparación para el nuevo milenio sólo puede ser expresada en un renovado compromiso de aplicar, lo más fielmente posible, las enseñanzas del Vaticano II a la vida de cada individuo y a la Iglesia entera. (Tertio Millennio Adveniente: Carta Apostólica para el Jubileo del año 2000, # 20).

Yo espero que podamos cumplir este mandato en nuestra Arquidiócesis con un especial y concentrado esfuerzo por fortalecer la Liturgia dominical. Sin ese esfuerzo careceríamos de centro y de identidad como Cuerpo de Cristo. Con ese esfuerzo, la renovación de todos los aspectos de la vida de nuestra Iglesia se vuelve posible.

La renovación de la liturgia fue un punto central en la visión que de la Iglesia tuvo el Concilio. El Concilio también estableció la reforma y la renovación porque sabía que sin nuestra liturgia difícilmente sabríamos cómo enseñar bien, juzgar y amar el mundo como Dios lo ama. El Papa Juan Pablo II habló recientemente acerca de cómo la liturgia está en el corazón de toda nuestra actividad como Iglesia:

La pastoral deberá velar para que la liturgia no se vea aislada del resto de la vida cristiana: puesto que los fieles están invitados diariamente a prolongar su práctica litúrgica común mediante la oración privada de cada día; esta actividad espiritual da un impulso nuevo al testimonio de fe de los cristianos vivido diariamente, y también al servicio fraternal a los pobres y al prójimo en general. (8 de marzo de 1997, Alocución a los obispos franceses).

Oscar Romero, el finado Arzobispo de San Salvador, habló en una homilía de estas mismas realidades fundamentales. Momentos antes de su muerte, habló de la Eucaristía como el centro vital de todo lo que la Iglesia hace. Su martirio mismo parece vislumbrarse en estas palabras:

Esta Santa Misa, esta Eucaristía, es claramente un acto de fe. Este Cuerpo entregado y esta Sangre derramada por los hombres nos animan a entregar nuestro cuerpo y nuestra sangre, a sufrir y padecer como Cristo lo hizo, no para sí mismo sino para traer justicia y paz a nuestro pueblo. (Homilía, Marzo 24 de 1980).

La renovación litúrgica debe hacer ver cómo la liturgia es capaz de crear tales cristianos y tal Iglesia, y cómo la Iglesia, siempre en lucha, vive su liturgia. Romero sabía que esta renovación se refería a la vida, al sacrificio y a la alabanza de la Iglesia.

Esta renovación nos ha llevado muchos años, en los que hemos tenido numerosos éxitos y algunos problemas. Algunos de estos primeros esfuerzos fueron tan difíciles que muchos parecían dispuestos a declararla un fracaso, un vergonzoso error del Vaticano II. Otros decían: ya hemos llegado tan lejos como estaba previsto, así que ya no queremos oír más de renovación litúrgica. Y otros más consideran que esta tarea es algo inútil, viéndola desde la perspectiva de la gran necesidad que tiene la Iglesia de dedicarse a las causas de la justicia y de la paz.

Sin embargo, a mí me parece que sólo hasta ahora estamos llegando a percibir destellos de esa maravillosa experiencia, cuando una parroquia vive de la participación plena, consciente y activa en la liturgia por parte de todos los fieles. Desafortunadamente la situación es desigual. Sólo en algunas parroquias hemos podido presenciar el sostenido esfuerzo de líderes bien preparados que han trabajado muchos años para lograr una Liturgia dominical que sea para la gente de la parroquia el alimento que necesita y la realización de la Palabra y la Eucaristía que aprecia. Pero esto es ya un comienzo y eso nos hace alegrarnos y enfocarnos en lo que se puede aprender.

Iniciemos con la Eucaristía Dominical

El Año Jubilar nos invita a aprovechar los dones del Espíritu que surgieron en la Iglesia durante el Vaticano II. A aprovecharlos con la sabiduría obtenida durante estas últimas tres décadas. A entrar en el nuevo Milenio haciendo obras evangélicas en todos los planos de la vida humana, porque una celebración de la Eucaristía motivante y contemplativa es la acción conjunta de Dios y de nosotros, domingo a domingo.

Tal como aparece en nuestros calendarios, el primer día de la semana, el Domingo, es aún llamado por nosotros el Día del Señor, el Primer Día de la creación, el Día en que Cristo venció a la muerte y en que el Espíritu descendió sobre los discípulos (Catecismo de la Iglesia Católica, en adelante, CIgC; CIgC: 2174-2175). Es, ante todo, el día en que nos reunimos. San Justino trató de explicar a los no cristianos de Roma lo que eran los cristianos:

En el día llamado Domingo se reúnen en un lugar aquéllos que viven en las ciudades o en el campo, y se leen las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas, en cuanto el tiempo lo permite. Luego todos juntos nos ponemos de pie y oramos. Y cuando terminamos la oración, se trae pan y vino y agua, y el presidente, de igual manera, ofrece oraciones y acciones de gracias de la mejor manera posible, y la asamblea asiente diciendo Amén; entonces tiene lugar la distribución y recepción de los elementos consagrados, y éstos son llevados a los ausentes por los diáconos Todos tenemos esta reunión común en el Domingo, porque es el primer día, día en el cual Dios, transformando la oscuridad y la materia, hizo el universo, y Jesucristo nuestro Salvador resucitó de entre los muertos en ese mismo día. (Apología, siglo II, 67:3-5,7).

Para celebrar la Eucaristía dominical, los seguidores de Jesús llegaron hasta arriesgar sus vidas en algunos tiempos y lugares. ¡Así de importante era la reunión, así de importante era la alabanza a Dios dada allí, así de grande era la necesidad de reunir en asamblea a la Iglesia y de celebrar la Eucaristía! En nuestros días, enfrentamos obstáculos tal vez mayores que los que representaban entonces aquellos emperadores hostiles. ¿Qué se necesitaría para recobrar este día y su santidad? Ninguno de nosotros lo sabe, pero sabemos que no podemos vivir sin el día del Señor y su asamblea (2). La fuerza de esta asamblea, su belleza y vivacidad, su silencio y su pasión, son lo que yo quiero abordar en esta carta.

Me enfocaré a la Eucaristía dominical, pero a sabiendas de que la vida ritual de la Iglesia no se limita a eso y debe extenderse mucho más allá de la reunión en el Día del Señor. Me enfocaré a lo que tenemos que hacer en estos próximos años. Debo reconocer, ante todo, lo que el Concilio mismo reconoció en el párrafo 14 de la Constitución de la Sagrada Liturgia. Esta inmensa renovación de la liturgia de la Iglesia sólo podrá hacerse cuando aquéllos que son los primeros responsables de la liturgia de la parroquia sean ellos mismos personas "impregnadas del espíritu de la liturgia".

Creo que esto ya es una realidad, pero me doy cuenta de que el llamado a la renovación vino porque la práctica litúrgica en la Iglesia había, de muchos modos, dejado de ser una fuente para una formación tan rica. La condición, "impregnados del espíritu de la liturgia" era realista, pero era más fácil de decirse que de hacerse. ¿Dónde estaba la práctica litúrgica que pudiera formar pastores en el espíritu de la liturgia? Esa fue una larga tarea que el Concilio echó a andar, y gran parte de ella descansa ahora, como sucedió entonces, en las manos de esos pastores. ¿Cómo deben ser ellos formados por la liturgia y así vivir de ella y conducir a sus parroquias a una liturgia vital y gozosa?

La segunda parte de esta Carta está dirigida a los sacerdotes y a todos aquéllos que tienen la responsabilidad de la dirección de la liturgia. Hemos aprendido en estos años transcurridos desde el Vaticano II que la renovación de la liturgia de la parroquia no sucede sin apoyo, trabajo asiduo y constante apren

dizaje y evaluación por parte de quienes presiden los sacerdotes de la Arquidiócesis. Ellos no son los únicos responsables, pero son esenciales. Agradeciéndoles todo lo que han hecho y están haciendo, los invito a unirse a mí en toda esta reflexión y activa renovación.

Tensiónes

Los obstáculos para esta renovación en la Liturgia dominical de nuestras parroquias podrían paralizarnos, podrían inclusive impedirnos empezar. Quiero mencionar algunos de ellos y desarrollarlos. Me gustaría verlos como desafíos que nos han de mantener atentos y veraces en este trabajo, como tensiones creativas que necesitan respuestas creativas.

Solemnidad y Comunidad.

La liturgia pide reverencia. La belleza de su estética, sus signos de solemnidad y la coreografía de sus ministerios, su poesía y sus silencios nos llenan de admiración ante el misterio de Dios. Sin embargo, la liturgia debe ser festiva, pues se refiere a la comunión y a la radical igualdad de los bautizados, a su unión en el Señor, a su compartir amistosamente los ministerios y la vida. La liturgia construye la comunidad al revelar el significado de la Palabra de Dios para nuestra vida diaria y al reunirnos como familia alrededor de la Mesa del Señor. No hemos de escoger entre solemnidad y festividad, entre reverencia y comunidad. Las dimensiones vertical y horizontal de la liturgia deben mantenerse unidas a fin de que resulten provechosas para nosotros.

Forma externa y transformación interna.

La forma externa de la Liturgia es una comunicación. Esta enseña y forma a la asamblea. El orden de las acciones y el uso de símbolos son un reto y una invitación para nosotros a penetrar en las verdades de la fe y de la Tradición espiritual que hemos recibido. Pero la liturgia es una realidad viva. Debe tener carne y sangre y espíritu. Fluye de nuestra profunda conversión al Señor y de nuestra alegría de conocerlo. La liturgia debe hablar a este pueblo aquí y ahora. No necesitamos ni de una implementación mecánica en respuesta a las directivas litúrgicas, ni de una liturgia que parece ser la obra exclusiva del presidente. Necesitamos fidelidad a las directivas oficiales y a las formas comunes, pero una fidelidad que esté impregnada del Espíritu y que abra a esta Asamblea dominical a las riquezas de la fe eucarística.

Unidad y diversidad.

Somos uno. Nuestra fe católica no permite la distinción de "nosotros" en contraposición a "ellos". El domingo nos congregamos en un solo Señor, una sola fe, un solo Bautismo. Sin embargo, somos muchos. Cuando nos reunimos es también para dar testimonio de la universalidad de nuestra fe, lo cual es evidente en las muchas partes que conforman el único Cuerpo. Celebramos las diversas experiencias, culturas y carismas que convergen en torno a la única mesa. Debido a que, bajo este aspecto, nuestra Iglesia local es única, hemos de explicar esto más ampliamente.

El desafio y la benedición que representa tener diferentes culturas

La liturgia no sólo puede sino debe construir sobre lo que es aprovechable de la cultura de un pueblo. En nuestra Arquidiócesis, nosotros, los católicos, provenimos de muchas culturas con muchos dones diferentes. El Señor nos ha reunido y estamos llamados a formar el Cristo total juntos. En cuanto a población, somos predominantemente de culturas hispano parlantes, con toda la diversidad que esto implica. Pero contamos también con muchas culturas de Asia y de las Islas del Pacífico, así como con la diversidad cultural de aquéllos que provienen de varias culturas africanas y europeas, que han tenido su propio desarrollo en este continente. Y la diversidad de riquezas culturales representa también una riqueza cultural.

Esto representa un reto difícil. Sí, queremos una liturgia con sonidos y gestos que fluyan del alma religiosa de un determinado pueblo, ya sea vietnamita o mexicano, nativo americano o afro-americano. Pero tenemos un alma católica. Necesitamos dar testimonio de que tenemos esta alma, de que estamos en asambleas en las que la visión de Pablo se vuelve realidad, en las que los vietnamitas, los mexicanos, los nativos americanos y los afro-americanos se sientan, lado a lado, alrededor de la mesa, cantando y dando gracias a Dios. Y aunque esa acción de gracias puede tener el ritmo de una cultura particular, todos se unirán a ella con el corazón.

Antes que nada antes que cualquier característica de sexo, etnicidad, nacionalidad o ciudadanía debemos ser el Cuerpo de Cristo, ser hermanos y hermanas por nuestro Bautismo. Sin embargo, cada uno de nosotros necesita conocer de memoria algo de música, vocabulario, movimiento y maneras de pensar y de sentir que no sean los nuestros propios. La amplia sociedad de la que formamos parte necesita este testimonio.

Tenemos que obtener dos resultados: dejar que la liturgia actual tome el ritmo, los sonidos y la forma que las otras culturas aportan, y esforzarnos en nuestras parroquias por atestiguar que en esta Iglesia ya no hay este o aquel pueblo sino una única asamblea en Cristo Jesús (CIgC:1207).

Si cada una de estas tareas sería difícil de por sí, juntas podrían desalentarnos. Podemos desanimarnos y no emprender ninguna, o podemos entusiasmarnos ante el reto. Pero imaginen también liturgias en las que las segregaciones de nuestra sociedad fueran vencidas. El lenguaje de Pentecostés: muchos idiomas alabando a Dios al mismo tiempo, es nuestro lenguaje y nuestra herencia. Y esto va más allá del simple vocabulario. Es Dios el que se manifiesta en los dones de cada pueblo (CIgC:1204).

Los católicos hablan este lenguaje de Pentecostés. No se trata de una mezcolanza de razas. Es una verdadera comunión. Comunión significa vida com partida. Comunión significa medios que compartimos, y que compartimos por igual, aunque cada persona llega a esa Comunión desde la perspectiva total de su cultura.

Esta lucha por la catolicidad se extiende más allá de la etnicidad: la Asamblea dominical debería reunir hombres, mujeres y niños de todas las edades. Debería ser la experiencia de nuestras vidas y, entonces, ya no seríamos clasificados por nuestro nivel de educación, color de piel, inteligencia, orientación política o sexual, riqueza o falta de ella, o cualquier otra condición humana. Si la asamblea es el símbolo básico cuando se celebra la liturgia (CIgC:1188), la confortable homogeneidad promovida por tantos en esta nación no tiene cabida aquí. La homogeneidad y el confort no son valores evangélicos.

Quiero prevenirlos contra una excesiva "inculturación" que está destruyendo nuestra liturgia. En la generación pasada incorporamos a la liturgia algunas prácticas y actitudes de la sociedad Norte Americana que no tienen cabida aquí. Por ejemplo: el ritmo acelerado, la tiranía del reloj, la falta de atención a las artes, el tono informal del presidente, el enfoque consumista de "¿qué salgo ganando?", la actitud de "diviérteme", procedente de una nación de televidentes. Todo esto es un modo equivocado de inculturación. Pero su difusión muestra cuán difícil es buscar aquéllo que en cada cultura ofrece una verdadera correspondencia al espíritu de la liturgia.

Espero que lo que sigue la Parte Primera, dirigida a todos, y la Parte Segunda, dirigida especialmente a los responsables de la liturgia de la parroquia semana a semana sea leído a la luz de esta tensión. Tenemos obligaciones: explorar la inculturación en nuestras múltiples tradiciones étnicas, esforzarnos por lograr una amplia catolicidad en la formación de nuestras parroquias, y ser críticos ante los modos en que la cultura predominante ha deformado la liturgia y le ha robado su poder.

Una invitación

Todo esto suena difícil, pero creo que hay un punto de partida: la Misa Dominical. De eso es de lo que hablará el resto de esta Carta. A partir de estos años de experiencia con la renovación de la liturgia, conocemos ya muchas prácticas y principios que pueden ser aplicados ahora en todas nuestras parroquias para lograr una celebración digna de la Misa Dominical. Esta aplicación ha de ser nuestra tarea, aun si esto implica pasar a un segundo plano otras tareas, durante estos años que nos han de llevar al Jubileo. Lo que logremos juntos conformará la Iglesia de nuestra Arquidiócesis en el nuevo Milenio. Con mucha catequesis y preparación en nuestras parroquias, lo que tengamos para el año 2000 se fortalecerá y profundizará en la primera década del nuevo milenio.

Durante estos próximos años empezaremos a usar la segunda edición en inglés del Misal y el Nuevo Leccionario Bíblico Americano Revisado. La renovación de la Liturgia dominical sugerida en esta Carta será una excelente preparación para la introducción del Misal revisado.

La renovación litúrgica es cuestión de pasión, de echar un vistazo a la manera como una Liturgia dominical sólida, forma católicos sólidos, y cómo estos católicos viven su Liturgia dominical (CIgC:1324). Eso, según creo, es la comprensión y determinación que se requieren, cualquiera que sea la composición étnica de la parroquia. Es una buena noticia.

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