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 El papel del diácono

El diaconado tiene su origen en los tiempos apostólicos y floreció en los primeros cuatro primeros  siglos de la historia de la iglesia. Mas tarde por razones muy complejas, el diaconado empezó a declinar hasta que quedó sólo como un escalón hacia el presbiterado, en la Iglesia Occidental.
Cuando el Concilio Vaticano II restauró el diaconado como ministerio permanente en la Iglesia, lo hizo por tres razones principales: primera, un  deseo de restaurar la Iglesia  a sus completas  actividades ministeriales apostólicas.  Segundo el deseo de integrar y fortalecer a aquellos que de hecho estaban ya ejerciendo funciones diaconales, y tercero para servir mejor a las necesidades de la gente.
El servicio en el amor es una tarea que recae sobre todo cristiano como oficio inmediato de una vida en obediencia e imitación a Jesús. El servicio es obviamente, primario y central para los presbíteros y obispos, pero de una manera especial, el diácono adquiere este rol en virtud de su ordenación. El diácono, en otras palabras, en  su persona y papel hace visible continuamente a la Iglesia el servicio redentivo levado a cabo por Jesucristo. El representa y promueve en la Iglesia lo que la comunidad de fe debe ser, una comunidad de servicio.
 
Ministerio de amor y de justicia
 
Desde el comienzo y particularmente durante los primeros siglos, el diaconado ha sido primeramente un ministerio de amor y de justicia.  La metafórica descripción del diácono desde muy temprano, era como “los ojos y oídos, la boca, corazón y alma del obispo” refiriéndose al oficio del diácono al identificarlo con los necesitados, al reportar sus necesidades al obispo y a la Iglesia y encausar estos amorosos cuidados de la iglesia a favor de ellos. 
En la media de cómo el diaconado se ha ido desenvolviendo en Los Estados Unidos es difícil encontrar una sola categoría de gente necesitada en la comunidad y sociedad que no haya sido atendida por los diáconos: desamparados, enfermos, refugiados, pobres rurales, personas en las calles, victimas discriminadas por raza o etnicidad, ancianos/as pesare/luto, mujeres maltratadas, ciegos/as, sordos/as, divorciados/as, drogadictos/as, moribundos/as, lisiados/as, niños/as abusados, etc.  Los diáconos sirven a esta gente, en nombre de la iglesia, y representan el cuidado de Jesucristo Servidor.
Por la gracia de la ordenación, el diácono inspira, promueve, y ayuda a coordinar el servicio que la iglesia entera debe de asumir a imitación de Cristo. Tiene especial responsabilidad de identificar y de presentar a la Iglesia  a aquellos en necesidad. En medio de esa gente el diácono habla acerca de Cristo  y les ofrece una variada asistencia de parte de la Iglesia. Pero no sólo eso, sino que en la Iglesia también ha de hablar de los necesitados, y articular sus necesidades e inspirar y movilizar a que la comunidad entera responda. El viene a ser la conexión de cómo la Iglesia alcanza a los necesitados y los necesitados desafían a la iglesia.
 
Ministerio de la Palabra de Dios
 
El ministerio de la Palabra del diácono es también de largo alcance.  Incluye proclamar el Evangelio en la liturgia, predicar, catequizar en variadas formas de enseñanza, consejera instrucción catecúmena, retiros, alcanzar católicos alejados/as, programas de renovación parroquial, etc. en estas ocasiones mas o menos formales, el diácono puede tener muchas oportunidades de hablar acerca de Jesús de una manera mas informal, especialmente cuando ejercen fuera sus ministerios de amor y de justicia. Los diáconos que en ocupaciones seculares tienen la habilidad de ser  testigos del Evangelio en lugares públicos.  Aquí se encuentran con ambas demandas, su trabajo y su compromiso católico como ministro ordenado. Usan sus oportunidades de trabajo para promover  el Evangelio siendo testigos en circunstancias concretas, en su diario vivir individual y social.  También  envuelto en su  vida secular en turno lo equipa para suscitar preguntas e inquietudes interiores que atestigüen el Evangelio y ayuden a conducir a la Iglesia a una apreciación más rica y profunda de la fe.
 
Ministerio de la Liturgia
 
El Concilio Vaticano II afirmó que “la Liturgia es la cumbre que dirige la actividad de la Iglesia y la fuente de la cual fluye su poder.” Esta es una verdad tanto para el diácono como para la Iglesia en general.  El diácono presenta los dones del pueblo y articula sus necesidades a la Iglesia congregada en adoración. En la asamblea eucarística, el diácono asiste a la comunidad en su adoración y ayudando a ministrar el gran misterio redentivo de Jesucristo don de sí mismo en la Palabra y Sacramento.  Y en dichas celebraciones litúrgicas, los tres ministerios del diácono están unificados concentrados e integrados, el diácono encuentra la fuente de la cual dimana su propia vida Cristiana y la gracia  para llevarla a su ministerio.  En la Eucaristía, el diácono puede proclamar el Evangelio, predicar, ser la voz del pueblo al remarcar sus necesidades en las intercesiones generales, asistir en la presentación de las ofrendas, y distribuir la comunión. El diácono también puede desempeñar otros roles litúrgicos tales como bautismos solemnes, ser testigo en las bodas, llevar el Viático a los moribundos/as y presidir en funerales y entierros. En adición  a estos roles puede presidir en  liturgias de la Palabra, Liturgia de las Horas, y exponer y dar la bendición con el Santísimo Sacramento. Puede dirigir servicios de reconciliación que no impliquen absolución sacramental, conducir servicios de oración para los enfermos/as y moribundos/as y administrar ciertos sacramentales de la Iglesia.
Integración de los ministerios diaconales
 
Los ministerios diaconales, que distinguimos arriba no deben ser separados.  El diácono es ordenado para todos ellos, y nadie debería ser ordenado si no está preparado, de alguna manera, para asumirlos.  Esto no quiere decir que un diácono no puede tener mayor habilidad en algunas áreas que otras.  Pero, existe una intrínseca relación entre las tres áreas del ministerio diaconal si ha de ser éste señal de Cristo Servidor quien nos redimió como Profeta. Sacerdote, y Rey.  En su persona y en sus roles, el diácono representa también  a la Iglesia en su vasta gama de servicios, a los que ella misma está llamada llevar al mundo.  cuando el diácono predica o enseña lo hace como alguien cuyo ministerio y presencia en el mundo esta familiarizado con las necesidades de la gente.  Cuando ministra en el altar, trae y presenta las necesidades a la Iglesia y en ella a Cristo, en los necesitados, a quien ministra con su servicio día con día. También en la Eucaristía ministra el Cuerpo de Cristo al Pueblo de Dios. Y cuando trabaja por los necesitados lo hace como uno que ha recibido y ministrando las dos mesas, el pan de la Palabra y el de la Eucaristía.  
 
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